Consuelo Tomás Fitzgerald: ‘En Panamá la cultura ha sido siempre la última de la fila’

Poeta, narradora, actriz de teatro para títeres. De su vasta obra, entresacamos los poemarios: Confieso estas Ternuras y estas rabias
15 Junio, 2021
5:49 am

Spread the love

La escritora panameña subraya el poder de la literatura. Da una lectura sobre la gestión de MiCultura. Habla de sus grandes piezas y se atreve a recomendar a los políticos algunos libros.

Consuelo Tomás Fitzgerald (Bocas del Toro, 1957) toma agua a sorbos rápidos, apartándose la mascarilla como cuando un pájaro escapa de su jaula. Con la precaución que exigen estos tiempos raros y dolorosos, conversa, a cuatro metros de distancia de esta periodista, con un entusiasmo arrollador. “Qué falta hacían estos encuentros”, sonríe.

Consuelo es una mujer que vive oliendo historias, las rescata, y luego las imprime para siempre. Su ritual es simple, para quienes tienen el don de contar: “Anoto, observo, anoto, sigo observando, investigo, anoto… Me observo. Escribir no es solo un acto físico. Es todo un movimiento en la cabeza y en el corazón. Un pugilato permanente con el lenguaje. La lengua es nuestro lodo, y nuestro algodón”, matiza.

Esa vocación de creatividad y fluidez en sus palabras la han hecho la madre de poemarios como: Confieso estas ternuras y estas rabias (1983); Las preguntas indeseables (1985); Motivos generales (1992); Apelaciones (1993); El cuarto Edén (1985); Agonía de la reina (1995) y Libro de las propensiones (2000). Así como los libros de narrativa: Cuentos rotos (1991); Inauguración de la fe (1995); Pa’na’má quererte (2007) y Lágrima de dragón (2009). No hace mucho, en 2020 ganó el concurso Municipal de poesía León A. Soto con el poemario Breve recuento de sucesos.

Es escritora, poetisa, comunicadora y titiritera, y este último, un oficio que echa de menos. Es un manojo cultural patrio fácil de admirar. Pero más allá de sus profesiones, es una mujer humanísima con anécdotas familiares que han tallado su temple. Es también una mujer a la que le importan poco los formalismos. Prefiere la sencillez y llevar el cabello corto y blanco como la tiza. ¡Ah!, hay una prenda que nunca suelta: el humor.

A Consuelo Tomás la conocen como…

Una persona. Que puede ser incorrecta, inapropiada, irreverente, poco elegante. Pero que también puede ser responsable, solidaria, divertida. Ni bonita ni fea, más bien bajita, pero alguien que sabe bailar sin contar los pasos. (ríe)

Cero traumas. Soy una de esas personas privilegiadas cuyos progenitores no se divorciaron, en función de educarnos bien. Mi padre fue un médico inmigrante español malencarado, pero divertido y mi madre una bocatoreña alegre, maestra comedida y equilibrada. Tuve lo que se dice una infancia bonita, que empezó en una isla todo mar (isla Colón) y siguió en un barrio (Miraflores) que hizo comunidad. Mis progenitores gustaban de la música, toda la música, y de la lectura. Crecimos con libros y música en casa.

‘Perdonen, padres míos, por aquello que no soy que no seré’… escribió usted alguna vez. ¿Cómo han influido sus padres en la mujer que hoy es?

He leído que tuvo una educación completísima, muy amplia en cultura… ¿Podría contarme un poco de su formación?

Desde kínder, mi madre quería que aprendiéramos inglés. Así que a mi hermano mayor y a mí logró colocarnos en un kínder en “la Zona”. Nuestro padre quería para nosotros colegios católicos y a mí me puso en las bethlemitas, que en la secundaria fue lo máximo a pesar de que no era mixto. Pero tenía los mejores profesores y profesoras. Tanto laicos como monjas. También pesa que fuimos viajeros. Estuvimos viviendo en España mientras él culminaba su internado y especialidad, y regresamos después del golpe de Estado del 68. En ambas ocasiones estuvimos en buenas escuelas. Aparte de que en la casa siempre hubo libros, y tanto él como ella leían e invertían (al crédito) en enciclopedias y esas cosas. Y viví en “el barrio del maestro” que en realidad eran las maestras, gente muy luchadora, proactiva, generosa.

“En el país, en general, hay pocos espacios para el desarrollo de las artes escénicas. Muy pocos. Si se quita uno, para algo que podría hacerse en otro lado, qué le vas dejando a un sector que ha estado constreñido por la circunstancia, sobre todo después que firmaste un convenio para ayudarlos. No es lo mismo pagar un seguro en el teatro Balboa que pagarlo en el Anayansi (Atlapa). Los números no dan”.

Leí también que, desde los 15 años, que ganó un concurso literario colegial, asumió un compromiso con la escritura y con los oyentes y lectores. ¿Qué es la escritura para Consuelo Tomás?

Siempre he pensado que es una especie de ventana amplia para asomarse al mundo. Al mismo tiempo una manera de conectarse con el yo profundo. Escribir es también una manera de pensar. A veces, una escribe, aunque no lo esté haciendo físicamente. Pone palabras a lo que ve, siente, piensa. Intenta nombrar lo incomprensible y ayuda a entender la incertidumbre, que es un estado constante. También la forma de expresar desde el yo, al resto. A mí, sobre todo la poesía, me ha dado una vida.

¿Dónde están esos versos que Consuelo Tomás no se ha atrevido a escribir?

A saber. Y no es que no me he atrevido, tal vez solo no he querido. Por considerarlos inútiles. Siguiendo a José Martí “vierte corazón tu pena donde no se llegue a ver”.

¿Cómo lidia la escritura con el ego; o es que acaso nunca desaparece?

Por supuesto, el ego es principal y eso no es malo. Lo fregado es cuando se convierte en súper ego y eso rebasa la motivación a la escritura. ¿Se escribe para expresar, comunicar, conjurar, advertir, incomodar? ¿O para buscar reconocimiento y fama? Ahí está la cuestión.

Lo segundo puede llegar a distorsionar mucho el resultado. Todo el mundo (no solo las escritoras y escritores) necesita reconocimiento. Aunque sea por el perro de la casa. La cosa es que esa necesidad no se convierta en el enemigo de tu arte.

¿Cuál es el compromiso de la poesía? ¿Para qué escribe el poeta?

La poesía es un arte. Como todo arte, es revelación. Pero cada poeta sabrá cuál es su intención, al final.

¿Cuánto de su tierra hay en sus obras? ¿Cuánto de Consuelo hay en cada letra? Muchos lectores piensan que la vida de escritor se retrata en cada verso…

Pues, en mi caso, Panamá es una de mis fuentes permanentes de historias, temas y motivos. Y como autora, mi circunstancia y mi contexto estarán en cada letra. Pero no necesariamente lo escrito en un cuento, en una novela, en una pieza de teatro es la propia vida. Se puede recrear a partir de la observación y la investigación. En la poesía es más difícil porque tiende a ser más íntima, más personal. Pero en narrativa o teatro se cuentan historias que parten de una preocupación, o pregunta. Casi como una tesis, pero en el ámbito de la creación.

En ‘Breve recuento de sucesos’ hay rigor, hay patria, hay narrativa… Cuénteme un poco de lo que significa esta obra, premiada no hace mucho.

Bueno, es un intento personal de tratar de entender qué fue lo que nos pasó. Yo vengo de una generación heredera del sueño de construir una nación lo más alejada posible de la impronta colonial. Una nación que se buscara y reconociera a sí misma y caminara para el bien de sus ciudadanos en la diversidad y multiculturalidad. Asumimos esa perspectiva y participamos en lo que pudimos para hacerla realidad. Pero ese sueño se rompió en pedacitos, y nosotros también nos rompimos un poco con él. El libro también aborda una propuesta, porque puro lamento sin propuesta es una idiotez. Y el señalamiento de advertencias para los que siguen. Básicamente.

¿Cree usted que el mundo de la poesía ha sido machista?

No. Machistas son las personas machistas. Su visión es excluyente, prejuiciada y eso lo harán en todos los aspectos de su vida (familia, amistades, profesión). Lo que ha pasado es que, como resultado de vivir en una cultura patriarcal, el recuento y las oportunidades han estado más orientadas al reconocimiento, divulgación, promoción de los poetas. Pero eso ha estado cambiando mucho, afortunadamente, y no porque se iluminaron y se dieron cuenta del error, sino porque muchas mujeres han estado luchando desde hace mucho tiempo para que se subsane esa injusticia.

En la pandemia las plataformas digitales: ‘e-book’ y audiolibro se convirtieron en los medios preferidos de los lectores, en cuanto a la literatura de ocio. En Iberoamérica su consumo aumentó un 19% en 2020. ¿Qué opinión le merece este hallazgo?

A ver. No sé cuál es la literatura de ocio. Un buen libro no te soltará por bueno, interesante, porque casa con tus necesidades e intereses y tus capacidades lectoras. El e-book es un libro, aunque en pantallita. El audiolibro me parece una buena opción para gente que pasa buena parte de su tiempo en un tranque, o tiene problemas severos en la vista. Todas las opciones son buenas siempre que quieras salir de la mala televisión y entenderte con un texto, del que debes siempre pensar que fue escrito para ti.

No sé si lo sentimos todavía, el placer de oler y tocar el libro…

El libro es un objeto de la industria cultural, que comenzó con una idea en la cabeza de alguien, se convirtió en un texto producto de mucho trabajo. Que pasó por muchas manos amorosas, ojos correctores, pantallas y mecanismos antes de llegar a ti. Es un placer tener el producto de tanto trabajo en tus manos. Es la diferencia entre un vino de cajetita, y uno de botella con corcho real (no de plástico). Pero, cada cual con sus posibilidades y preferencias. Además, nadie te puede autografiar un iPad o un kindle.

“La poesía es un arte. Como todo arte es revelación. Pero cada poeta sabrá cuál es su intención, al final»

¿Cómo valora la literatura patria? ¿Leemos a los panameños?

Los leemos. No tanto como deberíamos, y me refiero a las escuelas secundarias. Pero sí leemos. A mí me emociona mucho cuando las personas lectoras deciden agruparse en un club o círculo para intercambiar sus impresiones de un texto. Esos son lectores que amamos las personas autoras. Muchos otros leerán en silencio y anonimato, pero en el momento menos pensado, se te acercan y te dicen “yo me leí a tal o cual autor y me gustó mucho”. Tengo confianza. Tanto en la producción de buenos textos como en la recepción de un público. Creo que la pandemia en su momento más duro ayudó mucho, aunque suene terrible. Cuando estás encerrada las posibilidades no son muchas. Leer es una, y muy buena.

¿Qué libros les sugeriría a los políticos para que reflexionen en estos tiempos cuando la embarran tanto?

Tal vez sería bueno que volvieran a los clásicos griegos. Si vamos a seguir viviendo en una sociedad estratificada, deberían conocer los orígenes de todo esto. Los que inventaron la democracia.

Cito una de sus letras: “Acaban de dar las últimas noticias, ¿quién quiere regalado este mundo moribundo?”. ¿Pudiera responderme esa inquietud?

Cuando escribí Las preguntas indeseables (1985) existía la amenaza de la bomba de neutrones. Estaba llegando a su final la Guerra Fría, pero cualquier cosa podía suceder entre los guerreristas de siempre. Nuestra historia en los países del llamado tercer mundo pasa por haber estado siempre bajo amenaza de los poderes económicos y militares, que juegan con los países pequeños como si fueran fichas de ajedrez. Sigue siendo así.

¿Qué lectura política y económica hace de esta crisis? ¿Cómo valora la gestión del gobierno?

A este gobierno le tocó manejar una pandemia de gran proporción, algo inédito desde principios del siglo XX. Ningún país estaba preparado para eso. Tomar decisiones difíciles e impopulares, y enfrentar una crisis económica que ya venía manifestándose era una oportunidad para demostrar de qué estaban hechos. Pero los errores y escándalos que sucedieron nos indican que, a pesar de haber estado al borde del abismo, no se aprende nada, no cambia nada. Y el resto, no aprendimos a manejarnos en el modo de “comunidades solidarias”. El egoísmo y el individualismo de los menos, prevaleció sobre la precariedad de los más. La pérdida más grave fue por el lado de la educación. Es como cuando se corta un árbol. Toma mucho tiempo que otro crezca y ejerza su función. Así nos pasó con nuestros infantes y juventud. Ojalá podamos repararlo, de lo contrario, no veo futuro.

Panamá añoraba un Ministerio de Cultura, pero últimamente su gestión ha sido criticada , ¿qué opinión le merece el trabajo de esta cartera?

No es fácil pasar de una institución precaria y pequeña, pero que dio grandes resultados en los años 70, a un ministerio en tiempos de pandemia. Creo que deberían hacer un ejercicio para definir qué es lo que quieren hacer. Hay mucha confusión en los objetivos. Al menos, así lo percibimos los gestores culturales independientes. En Panamá, la cultura ha sido siempre la última de la fila. El “sótano 2” como decía Giovanna Benedetti. Hablamos de arte, patrimonio, memoria. Hablamos de derechos culturales y democratización de la cultura. Tengo amigos y amigas ahí que sé que están dando más de lo que pueden para hacer un buen trabajo, pero la institución es grande y con intereses diversos. Así no se puede. Deben enfocarse y ponerse de acuerdo.

Por decisiones de Estado, el teatro Balboa subió el telón para juicios de alto perfil… ¿qué opina de esto?

Un error. Algo grave. En el país, en general, hay pocos espacios para el desarrollo de las artes escénicas. Muy pocos. Si se quita uno, para algo que podría hacerse en otro lado, qué le vas dejando a un sector que ha estado constreñido por la circunstancia, sobre todo después de que firmaste un convenio para ayudarlos. No es lo mismo pagar un seguro en el teatro Balboa que pagarlo en el Anayansi (Atlapa). Los números no dan.

Imma Cueva, actriz española, dice: “El teatro es un lugar sagrado donde unas personas que no se conocen se reúnen para disfrutar de una historia y conmoverse”, ¿qué significan las tablas para Consuelo Tomás?

Una cosa es el teatro como espacio, y otra el teatro como arte multidisciplinario y multidimensional cuya misión es darle vida a un texto. Es el trabajo de mucha gente. El espacio es importante porque da la posibilidad de que esa puesta en escena de un texto pueda ser apreciada en toda su dimensión. Cada representación es única. Es un privilegio poder asistir al teatro a ver teatro.

“Creo que la pandemia en su momento más duro ayudó mucho, aunque suene terrible. Cuando estás encerrada las posibilidades no son muchas. Leer es una, y muy buena”.

¿Qué sería del mundo sin literatura, sin poesía, sin versos, sin cultura…?

Si usted ha visto a una persona con alzheimer avanzado, así sería. Con el respeto que me merecen las personas con esta enfermedad y sus familias.

¿Alguna vez ha pensado en divorciarse de las letras?

(Risas) todo el tiempo lo pienso. De hecho, empecé mi vida de artista por la música, que es mejor pareja que las letras. Pero nadie puede ir en contra de su naturaleza.

En estos tiempos tan dolorosos y raros, ¿tiene Consuelo Tomás miedo a la muerte?

Tanto como miedo a la muerte no, porque la muerte es un hecho natural, algo que sabemos (como seres racionales) de antemano que va a suceder. A lo que le tengo miedo es a que no sea una muerte dulce. O sea que implique violencia o agonía dolorosa. Y también a que la vida que viví no haya hecho mella en nada.

Que, como dice la canción: “Que la señora muerte no me lleve, vacía y sola sin haber hecho lo suficiente”.

Fuente de la notica


Spread the love