EL RETORNO DE MELQUIADES

Cada año, por el mes de marzo, aparecían por Macondo, el pueblo ficticio de la novela Cien Años de Soledad, de Gabriel García Márquez, un grupo de gitanos que venían con toda clase de atracciones.
10 Marzo, 2021
6:28 am

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Por. Jaime Cheng Peñalba

Cada año, por el mes de marzo, aparecían por Macondo, el pueblo ficticio de la novela Cien Años de Soledad, de Gabriel García Márquez, un grupo de gitanos que venían con toda clase de atracciones.

Entre el grupo de gitanos sobresale Melquiades que viene siendo una especie de mago o profeta para el pueblo ya que ofrece como atractivo “inventos desconocidos” en Macondo como lo son el hielo, imán y la lupa sobretodo. Cuando Melquiades anuncia la posibilidad de ver y tocar el hielo por unas cuantos monedas, no lo presenta como tal sino como “el diamante más grande del mundo”. Es aquí donde aparece José Arcadio Buendía, otro personaje de la obra y quien no solo comprará algunos de los artefactos traídos por Melquiades sino que también tendrá un proyecto “grandioso” de cómo usarlos para hacer mucha fortuna.

La lupa, por ejemplo, sería utilizada como un arma poderosa y el imán sería el instrumento para poder obtener metales preciosos escondidos bajo la tierra y que generaría mucha riqueza. En todos estos ensayos, José Arcadio no obtiene los resultados esperados, sin embargo, se lleva la satisfacción de haberlo intentado. Es válido mencionar también que antes de que José Arcadio empiece a demostrar sus teorías o proyectos, Melquiades, con dosis de sobriedad le advierte de los posibles resultados adversos que dichos experimentos puedan traer.

José Arcadio y Melquiades entablan una buena amistad en medio de sus experiencias como comprador y vendedor de “objetos fantásticos” sin embargo, ambos personajes al igual que lo son Don Quijote y Sancho Panza representan a su vez dos características intrínsecas que tenemos todos los seres humanos. Por un lado, el idealismo, es decir la capacidad de darle cualidades “mágicas” a objetos que vendrían siendo para nosotros los proyectos por realizar. También podemos ver que el idealismo en el caso del Quijote y José Arcadio está acompañado por una testarudez y fuerza de voluntad típicas de querer hacer las cosas a pesar de las advertencias.

Melquiades por su parte, al igual que Sancho Panza encarnan el racionalismo y el pragmatismo. Las cosas son como son y no poseen atributos más allá de los que la naturaleza le puede haber otorgado. La razón no puede abrirse paso cuando el deseo o delirio por “supersticiones” o “creencias mágicas” está muy arraigada. Las personas para poder funcionar de manera correcta necesitan dosis de fe y pragmatismo pero de manera balanceada. Ambas llevadas a extremos nos pueden arrastrar a abismos de locura incontrolable.

El amor, la pasión y los sentimientos no entran en la esfera de lo pragmático pero son parte de nosotros. Lo racional también es importante ya que sin ello, el mundo se hubiera quedado estancado quien sabe dónde. La ciencia y la tecnología de la mano se abren paso y la “superchería” solo utiliza el recurso de la sugestión y la ignorancia.

De todas las veces que Melquiades re aparece por Macondo, existe una en especial en el cual los habitantes casi no lo reconocen, pues aparece muchísimo más joven. Es un Melquiades, rejuvenecido, renovado y con más energía, puesto que quizá es el Melquiades que ha roto con ataduras y con “cadenas” que no nos dejan vivir en tranquilidad.

En qué momento los seres humanos nos re inventamos o parecemos más jóvenes como Melquiades? Pues precisamente cuando la alegría invade nuestro corazón. Cuando hemos sido capaces de vencer alguna adversidad producto de las ansiedades, depresiones o tristezas que embargan el alma. Cuando compartimos nuestro júbilo y damos un pedazo de nuestra buena fortuna a los demás.

Adaptarnos a situaciones nuevas conlleva inseguridad, miedo y depresión algunas veces. Debemos saber convivir con el desconsuelo, pero no sucumbir ante ella. La clave de la re invención está precisamente en vencer la melancolía y darnos una nueva oportunidad para seguir adelante con nuestros proyectos o buenos propósitos.

En este momento, para que la felicidad se robustezca debemos reconocer que así como José Arcadio Buendía nunca sucumbió ante los “fracasos” o “desaciertos”, también hubo el disfrute de volver a intentarlo. Aquí parece estar la clave de la enseñanza en la interacción de estos dos personajes de Cien Años de Soledad: nunca perder la ilusión por las cosas que anhelamos, pero tampoco están demás los consejos y guías de un amigo como Melquiades que nos hacen ver con otros ojos lo que puede estar pasando a nuestro alrededor.

SOCIOLOGO Y DOCENTE PANAMEÑO


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