Lecciones no aprendidas de la invasión

Lecciones no aprendidas de la invasión
21 Diciembre, 2020
12:00 am

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Hemos regresado al entorno en el que estábamos antes del 11 de octubre de 1968: podridos por la malversación de los bienes estatales, una sociedad desgastada y de poco me importa

La invasión a Panamá, a la medianoche del 20 de diciembre de 1989, fue el desenlace fatal de una parte de nuestra historia patria.

Para quienes nacimos durante la dictadura y que no conocíamos otra forma de Gobierno, la década de los 90s se presentaba esperanzadora, llena de optimismo y de un experimento social desconocido para muchos, la democracia. Aquellos años fueron importantes para la nación.  Salimos de la crisis económica de finales de los ochenta, se levantaron los embargos y la reactivación económica del país nos trajo bonanza, los odios del pasado se disiparon y Panamá se convirtió en el sitio de moda para hacer negocios y vivir. 

Para cerrar con broche de oro, el 31 de diciembre de 1999, el tan anhelado sueño se hizo realidad: el Canal de Panamá pasó a nuestras manos y los últimos soldados estadounidenses se retiraron.  La quinta frontera desapareció. Con tantas cosas buenas pasando en tan solo 10 años, veíamos la llegada del nuevo milenio con grandes expectativas.

No obstante, nos despertamos abruptamente de aquel sueño llamado democracia.  Los escándalos de corrupción y malos manejos de los fondos públicos se hicieron evidentes y las constantes acusaciones a funcionarios y políticos han sido la nota característica en los medios de comunicación, hasta el punto de encontrarlo como algo cotidiano. La desidia que nos embarga a todos nos ha carcomido, dejamos que cualquier cosa suceda, nos enfocamos en banalidades y hemos regresado al entorno en el que estábamos antes del 11 de octubre de 1968: podridos por la malversación de los bienes estatales, una sociedad desgastada y de poco me importa. 

La pléyade con ideales de democracia y transparencia que se opuso al régimen militar y lo sancionó moralmente, al punto de que no podían ni sentarse en un restaurante sin que se les hiciera saber el repudio, eso está poco a poco desapareciendo, dando paso a una generación que, por una parte está dominada por la inercia y el paternalismo de que todo  le sea dado gratuitamente, y, otra, que se está dejando dominar por ideologías peligrosas y que no buscan el bien común.

Como resultado de la invasión, miles de panameños fallecieron.  Nosotros los que quedamos, debimos levantar al país de las cenizas, pero nos hemos defraudado a nosotros mismos, porque abrigábamos la esperanza de un mejor Panamá, de un país que saliera del subdesarrollo y se convirtiera en referente internacional, un modelo a seguir para toda América Latina, pero 31 años después nos encontramos plagados de los mismos y hasta mayores males que nos impiden surgir, con una sociedad donde se alaba al cantante de turno y no a quienes día tras día dan lo mejor de sí al nivel de entregar sus vidas; donde al mejor estilo romano, “de pan y circo”, se convierte en lo cotidiano; donde la población carece de los servicios básicos para una vida digna; donde la educación es el hazmerreír de todo el continente; donde el hambre y la violencia son el diario vivir de miles de personas. 

Y, ¿quiénes son los culpables?  Los culpables somos todos nosotros que no cimentamos con fortaleza ni cuidamos de esa democracia, quitamos la cara y obviamos los signos que se nos presentaban y que ahora, así como la hidra que tiene mil cabezas, nos atacan en todas direcciones.

Volvamos a los principios fundamentales de democracia y transparencia, los ideales con los que se fundó la república, para poder resurgir y honrar a aquellos padres de la patria, quienes nos marcaron la ruta a seguir.

Bombardeo en áreas residenciales de la ciudad de Panamá. Foto, Eliécer Santamaría, (Q.e.p.d.).

Fuente original de la Noticia


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